
Hacia una definición interior del contacto
Hace unos días, un amigo me compartió un video sobre una entrevista a una divulgadora sobre el fenómeno OVNI (sí, no podría ser de otro tema).
El asunto es que esperaba encontrarme con algo distinto, pero no: un objeto luminoso en la noche, la fotografía de una extraña luz, viajes y más avistamientos, la desclasificación OVNI…
Por supuesto, debo admitir que aprendemos por medio de los sentidos, sin embargo, para mí, el fenómeno OVNI pasó de largo hace tiempo, y no tengo el derecho de exigir que otros tengan la misma actitud: considerar al fenómeno OVNI como el fenómeno que es, y nada más.
A pesar de lo anterior, al mismo tiempo, siento que debo llamar la atención sobre el hecho de que el fenómeno solo por el fenómeno —por la curiosidad o la emoción que genera su espectacularidad— no conduce a nada si no tomamos en cuenta su propósito último, que es su incidencia en nuestros estados de comprensión, en la forma en que vemos al mundo, como cambian nuestras categorías con relación a como transitamos la vida, y mucho más.
En este video, como en otros ámbitos divulgativos, a la percepción por medio del sentido de la vista o a la evidencia gráfica como fotografías y videos, se los denominaba «contacto». Sin embargo, ver un OVNI o incluso una nave, fotografiarla o filmarla, ¿es tener un contacto? En otras palabras, ¿qué es tener un contacto?
Dentro del llamado fenómeno OVNI existe una tendencia bastante extendida a denominar contacto a prácticamente cualquier experiencia extraordinaria: observar una luz que realiza movimientos aparentemente anómalos, fotografiar un objeto extraño, percibir una presencia, contemplar una figura humanoide o incluso experimentar determinados estados emocionales frente a algo que no podemos explicar.
Sin embargo, creo que aquí existe un problema conceptual que conviene precisar: no toda experiencia fenoménica constituye un contacto.
Una persona puede observar algo extraordinario y, aun así, no haber establecido contacto alguno con aquello que observó. Del mismo modo que mirar a una persona desde lejos no significa haber dialogado con ella, contemplar un fenómeno desconocido no implica necesariamente haber entrado en relación con la inteligencia que suponemos detrás de él.
¿Qué es un fenómeno?
Llamo fenómeno a aquello que se presenta ante nuestra percepción sensorial: una luz, un objeto, una figura, un sonido, una sensación de presencia o cualquier otro acontecimiento que el alguien experimenta y que considera desconocido.
Por supuesto, el fenómeno puede ser profundamente impactante. Puede producir sorpresa, temor, fascinación, alegría, desconcierto o también una sensación de trascendencia. Incluso puede modificar durante años la manera en que percibimos la realidad; pero cuidado, percibir la realidad de otra forma, no implica desarrollo interno: por ejemplo, bajo los efectos de una pérdida afectiva, de un triunfo o de una droga, es posible percibir la realidad de otra forma, lo que no implica desarrollo interno o evolución propiamente dicha.
El asunto es que ninguna de esas características demuestra, por sí sola, que haya existido contacto. Lo extraordinario del fenómeno nos habla, en principio, de la intensidad o rareza de una experiencia, no necesariamente de la existencia de una comunicación.
En otras palabras, ver una luz no es necesariamente contactar con quien pudiera producirla. Fotografiar un objeto no significa comunicarse con él. Percibir una presencia tampoco implica haber intercambiado de forma consciente con esa presencia.
Esta es a diferencia que quiero subrayar: El fenómeno pertenece, inicialmente, al ámbito de lo percibido; el contacto, en cambio, pertenece al ámbito de lo relacional en cuanto a lo aprendido.
Entonces, ¿qué entiendo por contacto?
Para que podamos hablar propiamente de contacto considero necesario que exista algún tipo de intercambio significativo de información.
La información puede presentarse mediante símbolos, imágenes, intuiciones, experiencias interiores o comprensiones que posteriormente deben ser interpretadas y que aporte un cambio trascendente en la vida y para la vida de quien vivió la experiencia.
En definitiva, debe existir algo que trascienda la mera contemplación, la mera visión del fenómeno.
En un contacto propiamente dicho, el centro deja de estar exclusivamente aquello que apareció frente a nuestros ojos y comienza a desplazarse hacia lo que ocurrió dentro de nosotros a partir de esa relación.
La información como criterio
Ahora bien, tampoco cualquier información debería ser suficiente para hablar de un contacto significativo. Una supuesta comunicación podría transmitir datos triviales, predicciones, nombres, fechas, descripciones cosmológicas o afirmaciones espectaculares y, sin embargo, no producir ninguna transformación real en la comprensión del individuo.
Por eso considero necesario introducir un segundo criterio. No solamente debemos preguntarnos si hubo información, también deberíamos preguntarnos: ¿Qué produjo la información en la conciencia de quien la recibió y como plasmó esto en su vida?
Desde la concepción espiritual del contacto que sostengo, la información verdaderamente significativa debería contribuir de alguna manera a ampliar el campo de comprensión de una persona.
Por ejemplo, debería permitirle establecer relaciones que antes no podía establecer, comprender aspectos de sí misma que antes permanecían ocultos, reconsiderar su relación con los demás, con la naturaleza, con la vida o con aquello que entiende como trascendente.
En otras palabras, el contacto debería contener una potencialidad expansiva de la conciencia.
El contacto no debería medirse por su espectacularidad
Este criterio modifica la manera de valorar las experiencias. Por ejemplo, una enorme nave suspendida sobre nuestra cabeza podría constituir una experiencia fenoménica extraordinaria y, sin embargo, no dejarnos más que una fotografía, una anécdota y una profunda emoción.
Mientras que una experiencia aparentemente mucho menos espectacular podría desencadenar una comprensión que acompañara a una persona durante toda su vida.

¿Cuál de las dos sería entonces más importante? Si reducimos el fenómeno del contacto a su espectacularidad, probablemente elegiremos la primera.
Pero si consideramos que la finalidad del contacto está relacionada con la conciencia, quizá debamos prestar mucha más atención a la segunda.
Por esta razón, lo anterior nos obliga a desplazar el eje desde lo extraordinario de lo observado hacia la profundidad de lo comprendido y como esto ha incidido en nuestras vidas.
Una posible clasificación
Comprendo que todo esto sea muy difícil de encasillar en una clasificación, pero creo importante, por lo menos ajustar las ideas para una posible clasificación divido a que, hoy en día, las fronteras totalmente difusas de los conceptos y las casuísticas OVNI y de Contacto ET provocan mucha confusión.
Desde esta perspectiva, podríamos establecer diferentes niveles que permitan ordenar mejor aquello que habitualmente colocamos bajo una misma palabra.
1. Experiencia fenoménica. Existe percepción de un acontecimiento anómalo o aparentemente anómalo: luces, objetos, seres, sonidos, fotografías, alteraciones perceptivas, etc. No podemos establecer todavía que haya existido comunicación.
2. Experiencia interactiva. El fenómeno parece responder de alguna manera a la presencia o conducta del observador. Existe aparentemente una interacción, aunque todavía no necesariamente un contenido comprensible.
3. Experiencia comunicacional. Existe intercambio de información. El sujeto considera haber recibido un mensaje, símbolo, concepto, imagen o contenido capaz de interpretación.
4. Contacto significativo. La información recibida no solamente comunica algo, sino que amplía el campo de comprensión del individuo. Produce nuevas asociaciones, preguntas, perspectivas o formas de interpretar la realidad.
5. Contacto transformador. La comprensión adquirida se integra en la vida. Ya no estamos solamente frente a una experiencia que la persona recuerda, sino ante una experiencia que modifica de manera relativamente estable su manera de pensar, sentir, relacionarse o actuar.
Por supuesto, esta clasificación no desprecia lo fenoménico, pero tampoco lo confunde automáticamente con contacto. Por esta razón, una observación extraordinaria puede tener un gran valor; puede constituir el comienzo de una búsqueda, puede producir preguntas fundamentales o incluso puede convertirse posteriormente gatillar una expansión de conciencia.
De todas maneras, debemos evitar convertir en sinónimos fenómeno, experiencia y contacto.

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