Generalmente usábamos transporte público, en especial los teleféricos. Estos nos permitían apreciar la imponente ciudad de La Paz desde las alturas; en ellos solo podían viajar cuatro personas, a pesar de tener una capacidad máxima de diez pasajeros.

A pesar de los cuidados extremos, muy profundamente sentía que la supuesta virulencia del covid- 19 en plena pandemia, no sería una dificultad importante.

Sobrevolando la capital boliviana, más de una vez pensé que una reveladora información nos aguardaba, pero no tenía claro de que se trataba.

En principio, la presencia sería suficiente como para abrir las puertas a lo que seguramente estaba dispuesto de lo alto.

Muchas veces los objetivos de las misiones no son entregados con anticipación por parte de los guías y los maestros.

Esto sucede por razones de seguridad, por este motivo, es esencial para el cumplimiento de las metas desarrollar una gimnasia que nos permita un diálogo profundo con el corazón.

Este segundo recorrido por las ruinas de Tiahuanaco fue distinto. La primera vez fui deslumbrado ante la magnificencia de los vestigios pétreos.

Esto solo me posibilitó tomar contacto desde mi curiosidad y asombro, pero ahora hubo un vínculo mayor que me facilitó ser consciente de detalles significativos.

Igualmente, el asombro se abalanza sobre uno al caminar en los polvorientos senderos andinos de las ruinas tiahuanacotas.

Por esto, es necesario centrarse sin dividir las sensibilidades internas de las externas, es importante integrarlas para que la experiencia sea fructífera en las diferentes dimensiones del ser.

Debido a la situación sanitaria del país andino y de todo el mundo, nos encontramos con la fantástica sorpresa de que Tiahuanaco estaba en la más completa soledad.

Si, Claudia y yo éramos los únicos en todo el campo. Esto fue más que importante para poder apreciar las veces necesarias las construcciones pétreas sin ningún tipo de contratiempo.

Antes de comprar los pases de entrada al sitio arqueológico, decidimos dar un recorrido por el museo lítico y el museo cerámico, ambos se encuentran frente al sector administrativo, donde se entregan los pases.

En mi corazón sentía que debía ingresar a estos lugares, pues intuía que allí podríamos encontrar información esclarecedora referente al advenimiento, como lo había expresado Ángelo en Atlántida.

Pero, lamentablemente ambos estaban cerrados debido a las restricciones sanitarias.

Cuando adquirimos los permisos, nos exhortaron a usar los tapabocas, lo que nos pareció cómico debido a que el recorrido por las ruinas es al aire libre.

Así, de un momento a otro, estábamos caminando en la metrópoli arqueológica ubicada a más de 4.000 metros de altura.

Se trataba de la capital del Estado Tiahuanacota, a 21 kilómetros al sureste del lago Titicaca y a 65 kilómetros al oeste de La Paz, capital de Bolivia.

Fue indescriptible la sensación de haber entrado en ese lugar por segunda vez, ahora en condiciones mundiales inimaginables hacía dos años atrás.

Varios investigadores han intentado acercarse al significado de su nombre. El padre Cobo, investigador de la lengua aymara y cronista de la Colonia, escribió en su libro “Historia del Nuevo Mundo”, que los antiguos nativos denominaban a esta mítica urbe como Taypiqala, “sitio en el que se yergue la piedra central”.

Se decía que este lugar era el centro del mundo, de donde salieron los primeros humanos para poblar al planeta.

¿Se puede considerar que este significado es similar al de «Cuzco» como «ombligo del mundo»?

En caso de haber más de un “ombligo” ¿podría interpretarse como una referencia a los orígenes de varias humanidades?

Entre otros autores, para el cura de Sicasica Dr. Isaac Escobari, Tiahuanaco sería una deformación de “Tia waña hake”, traducido como “el hombre de la costa seca”.

Posnansky, paleontólogo y arqueólogo de origen austrohúngaro, designaba a esta urbe como Wiñaymarka o “ciudad eterna”.

Más tarde, comprenderíamos que quizás sea esta la designación más adaptada a su realidad, teniendo en cuenta su principio de terrestre e intraterrestre, material y etérica.

Simone Waisbard, exploradora francesa nacida en agosto de 1909, en su libro “Tiahuanaco”, manifestó que fue Huyustus, el «fundador de Wiñay-marka. Él y su pueblo habrían construido esta monumental ciudad sobre las ruinas de la arcaica Chucara, aún mucho más antigua.

Waisbard expresa en su trabajo que un cronista nativo habría leído esto en el cordel anudado de los anales incas. Ahora bien, el retrato de Huyustus que encontró fue inquietante, el cronista manifestó que “el primero de los grandes caciques Pakaje era rubio y de ojos azules.».

Para saber más adquiere nuestro libro acá: El Advenimiento, las claves del retorno

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