La empatía

“El Día de la Revelación” vino a participarnos de un mensaje que, en principio, parecía demasiado sabido: el ser humano es humano en la medida en que la empatía constituye una de sus características más profundas.

Al principio, debo admitirlo, la idea me pareció casi obvia. Hablar de empatía, de amor al prójimo, de ponerse en el lugar del otro, parece un tema repetido hasta el cansancio.

No hay gran maestro espiritual o religioso que no haya hecho de esa enseñanza un eje central de su mensaje: desde Jesús hasta Buda, desde Martin Luther King hasta las grandes narraciones simbólicas de nuestra cultura, incluso Frodo Bolsón en El Señor de los Anillos, que encarna la compasión como una fuerza capaz de modificar el destino.

Por eso, cuando en la película un extraterrestre presenta la empatía como si fuera una revelación trascendental, mi primera reacción fue de cierto un desconcierto. Pensé: “¿Esto era todo? ¿Atravesaron el cosmos para decirnos algo que la humanidad ya viene escuchando desde hace miles de años?”.

Era como si los extraterrestres de Spielberg hubieran descubierto la pólvora, a pesar que ni ellos practicaron la empatía con unos pequeños niños al ser raptados de sus hogares mediante engaños.

Tal vez la empatía sea una verdad archiconocida intelectualmente, pero escasamente practicada existencialmente. Tal vez la humanidad no necesite nuevas doctrinas, nuevas revelaciones ni nuevos misterios, sino practicar aquello que siempre supo y casi nunca termina de vivir.

Porque una cosa es hablar de empatía cuando el dolor es lejano o cómodo; y otra muy distinta es practicarla cuando el sufrimiento tiene nombre, rostro, país, hambre, miedo y urgencia.

En estos días, al observar la situación de Venezuela y el silencio de muchos sectores que suelen hablar de espiritualidad, fraternidad, irradiación, contacto y conciencia, no puedo evitar hacerme una pregunta difícil: ¿por qué a veces se ora, se medita o se irradia por determinados pueblos, pero no por otros? ¿Por qué ciertas tragedias parecen quedar fuera del radar de la espiritualidad?

Prefiero no responder de manera apresurada. Pero sí me permito dejar planteada la pregunta.

Porque si la espiritualidad no nos vuelve más sensibles al dolor humano concreto, entonces corre el riesgo de convertirse en una puesta en escena del alma, en una obra de teatro, pero no necesariamente en una transformación real de la conciencia.

Y quizá por eso la película no estaba diciendo algo tan simple como parecía. Quizá no estaba revelando un dato nuevo, sino exponiendo una vieja contradicción: sabemos que debemos amar, pero seguimos eligiendo cuándo, cómo y a quién amar.

Sabemos hablar de unidad, pero seguimos fragmentando la compasión y dosificándola según el cliente. Sabemos decir “hermandad”, pero no siempre sentimos hermano al que sufre lejos de nuestro círculo afectivo, ideológico, espiritual o cultural.

En ese sentido, quizá sí sea necesario que alguien —humano o extraterrestre, maestro o niño, profeta o desconocido— vuelva a recordarnos lo elemental: “Ama a tu hermano como a ti mismo”.

Y no porque la humanidad nunca lo haya escuchado, sino porque, después de miles de años, todavía no parece haberlo comprendido del todo y menos llevado a la práctica.

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