
Impresionante la defensa de la película de Spielberg de varios influencers: agotan… y agotan porque le transfieren su trabajo al receptor.
Que algo pueda imaginarse no significa que deba considerarlo probable o real. Por ejemplo: “Los pelirrojos saben algo de los morenos que no es posible transmitirle al mundo”.
¿Cómo puede gestionar el mundo esta afirmación? Nada… no podemos hacer nada, esta solo nos puede provocar una curiosidad que jamás podremos resolver.
De igual manera que estas afirmaciones, acá hay más ejemplos:
- ¿Y si Spielberg escondió imágenes reales?
- ¿Y si no las escondió?
- ¿Y si la historia fue inventada?
- ¿Y si quien la contó fue engañado?
- ¿Y si fue una estrategia publicitaria?
- Habría, podría, sería…
Tanta pregunta sesgada, tantos verbos en tiempo condicional es un abuso… abusan, y cansan porque responsabilizan al receptor de comunicarse a sí mismo lo que el emisor no se atreve a expresar.

El emisor de estas insinuaciones siempre sale ileso porque nunca afirma, y deja en manos del receptor terminar la idea, terminar lo que debería ser su trabajo.
¿Estarán al tanto estos influencers de que están al borde de atravesar la frontera de la ética comunicacional? ¿O la necesidad de sostener el misterio y la atención del público para lograr monetizar “les puede más”?
No somos nosotros quienes debemos cerrar el razonamiento.
Quien propone una hipótesis es quien debe aportar las evidencias necesarias para sostenerla. Bertrand Russell lo explicó con brillantez por medio de su famosa analogía: si alguien afirma que hay una tetera de porcelana orbitando en el espacio entre la Tierra y Marte, demasiado pequeña para ser vista por los telescopios, no le corresponde al resto del mundo demostrar que la tetera no existe. La carga de la prueba recae siempre sobre quien pone la tetera en órbita.
Lo incómodo de este tipo de publicaciones no es tanto lo que afirman, sino lo que dejan sin afirmar.
Presentan indicios, sugieren conexiones y luego trasladan al lector la responsabilidad de buscar una tetera invisible; la tarea de demostrar aquello que el emisor apenas insinúa.
Si la hipótesis es verdadera, debería poder exponerse claramente y defenderse. Si eso no puede hacerse, no corresponde que el receptor cargue con el peso de la prueba.
“¿Y si algunas películas escondieran imágenes que nunca debimos ver?”.
No es una afirmación. No es una pregunta de investigación. No es una hipótesis formulada rigurosamente. Esta es una pregunta especulativa abierta.
La dificultad es que una pregunta de este tipo no tiene un punto natural de cierre. Tu mente intenta responderla, pero el autor no te da las herramientas para hacerlo; y esto consume nuestra energía.
Es como si yo dijera: “¿Y si algunos profesores recibieran instrucciones secretas que nunca revelan a sus alumnos?”.
¿Qué haces con eso? Nada…
Este tipo de post, en el fondo, es exactamente eso: una pregunta abierta. No una conclusión. No una demostración. No una evidencia. Solo una invitación a especular, a inventar, a mentir. Y tú eres libre de no aceptar esa invitación.
¿Por qué esto es un problema ético por parte del comunicador?
Porque una cosa es plantear una pregunta legítima: “¿Existen documentos que sugieran una relación entre el gobierno y la producción cinematográfica sobre OVNIs?”. Y otra muy distinta es construir una cadena de insinuaciones para que el público llegue por sí mismo a una conclusión que nunca fue argumentada por el emisor.
Aquí aparece el dilema: ¿Es éticamente correcto inducir en el receptor una conclusión extraordinaria sin asumir explícitamente la responsabilidad de defenderla?
El asunto no proviene de la hipótesis que plantea el comunicador, sino de que él descarga sobre el público una responsabilidad que le corresponde sostener. En lugar de decir: “Esto es lo que sostengo y estas son mis pruebas”, presenta una serie de insinuaciones y deja que otros concluyan.
Me da la impresión de que parte del discurso construido alrededor de la película por parte de algunos influencers no busca tanto explicar lo que la obra muestra, sino sostener el misterio donde muchos espectadores perciben ausencias, inconsistencias o expectativas incumplidas.
El “¿Y si…?” funciona como un recurso que transforma los huecos narrativos en enigmas por resolver, permitiendo que el interés continúe incluso después de que la experiencia cinematográfica haya concluido o la expectativa haya sido decepcionada. Es la comodidad de vender la sospecha de la “tetera espacial” sin tomarse jamás la molestia de fabricar el telescopio.
Creo que el emisor de estas insinuaciones debería cuestionar sus procedimientos comunicacionales: ¿Soy responsable únicamente de las palabras que pronuncio, o también de las conclusiones previsibles que induzco en los demás?
Lamentable…

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