Antiguamente, la distancia entre realidad, historia y mito estaba marcada por cientos o miles de años. Hoy, al menos desde el plano retórico, esa distancia parece haberse acortado drásticamente.
Un supuesto anclado en la cultura del contacto extraterrestre, como que “la atracción por el fenómeno OVNI conduce a la espiritualidad”, hoy, desde mi perspectiva, por la vía de los hechos, se ha transformado en un mito en los últimos diez años, más o menos.
En una época ya pasada, el OVNI se suponía procedente de un orden superior al humano. En consecuencia, el misterio no residía únicamente en el objeto observado, sino en la distancia ontológica que separaba a ese objeto del sujeto que lo observaba.
Así, el misterio OVNI representaba un desafío a ser alcanzado, en un tránsito ascendente que permitiera trasladar el misterio del objeto observado (colocado en un estado superior) al sujeto observador (ubicado en un estado inferior).
Sin embargo, había una condición sine qua non para provocar esta traslación: el sujeto debía experimentar (en sí mismo y por sí mismo) una transformación que se lo permitiera.
Ascender a la nave no era un privilegio otorgado, sino una conquista física y espiritual; el resultado de un esfuerzo por trascender lo meramente instintivo, animal y egocéntrico hacia una forma de humanidad trascendente.
Pero hoy el OVNI (como una esfera) cae a tierra, se precipita al campo para ser capturado. Hoy el platillo volador es cazado como un animal cuya conciencia es inferior a la humana: es cazado por las cámaras, por los celulares, por los dispositivos que lo conducirán al circo de las redes y los teatros.
La cacería OVNI se ha profesionalizado; ostentar el título de “cazador de OVNIs” se ha convertido en una distinción de estatus, lo que conduce a una deriva mucho más preocupante…
El fenómeno OVNI oficia como un “gancho” que conduce a la expansión de la consciencia.
Aquella reflexión me llevó a observar un importante desplazamiento: lo que antes se concebía como un objeto trascendente a alcanzar mediante una transformación interior, hoy parece haberse convertido en una cosa tangible que debe ser capturada por “cazadores” de OVNIs y exhibida en redes sociales y teatros.
Ahora continuaré intentando resolver el problema planteado en el título:
Lo que mencioné anteriormente, se trata de un cambio profundo: del tránsito interior al acto de caza; de la elevación del sujeto hacia lo trascendente, al frívolo registro audiovisual.
Así como el circo surgido en la modernidad occidental —entre los siglos XVIII y XIX— convirtió la anomalía biológica en espectáculo, buena parte de la divulgación actual del fenómeno OVNI transforma la anomalía celeste-trascendente en mercancía para los influencer.
En ambos casos, la caza no busca comprender: busca exhibir. La exposición circense no pretendía conocimiento, sino acercar lo extraño al público consumidor de rarezas.
Del mismo modo, la proliferación de imágenes y relatos OVNI no siempre aspira a la transformación interior, sino a la replicación inmediata y al impacto visual.
Así, el misterio OVNI, lejos de conducir necesariamente a una transformación del sujeto, queda reducido a un show circense contemporáneo. Se integra así a la lógica del mercado —no solo económico— donde lo importante no es la espiritualidad —como expansión de la consciencia— sino la viralidad.
No niego que el misterio OVNI pueda aún conducir a algunas personas hacia una búsqueda espiritual auténtica, en la medida en que aspiren a superar un estado presente de consciencia. Sin embargo, la explosión mediática del fenómeno, cada vez más trivializada, dificulta estructuralmente esa posibilidad. La saturación visual anestesia el asombro y con ello la posibilidad de la introspección.
Y entonces se me ocurren preguntas más incisiva: si el misterio ya no transforma al ser humano como sucedía de antaño, si solo circula como espectáculo, ¿qué función cumple su presencia? ¿Puede ser tomado todavía como un llamado a la conciencia…?

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